UNA COMPAÑERA INCOMODA
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Lo que nos cuenta la historia de la economía mundial afinca el inicio de la relación del Estado con una compañera incómoda y resabiada desde hace más de ocho siglos. Y no hay forma de domarla. Hoy el mundo nuevamente la tiene como amenaza. En el caso del Ecuador, aparece desde el nacimiento del Departamento del Sur de la Gran Colombia como país independiente, cuya relación le ha hecho la vida bastante complicada. Ni bien surgió como república, empezó la discusión sobre el monto que debía asumir producto de la gesta libertaria. El Libertador había contratado créditos a unos ingleses que más tarde los transfirieron a ciertas instituciones financieras, formalizando las obligaciones que se suponía correspondían a los costos de las acciones militares del ejército criollo. Obviamente las cuentas eran muy difíciles de precisar y el monto negociado se dividió entre los tres miembros de la Gran Colombia. Desde el reparto surgieron los problemas. Ahí se estrenó el camino ecuatoriano con esta compañera que hasta estos días sigue revoloteando y poniendo en pindingas a la economía fiscal y, por ende, a la nacional.
La famosa deuda Anglo-ecuatoriana mantuvo ocupados a buena parte de los gobiernos del siglo XIX. La aceptación inicial por el gobierno de Flores y la ratificación de Rocafuerte, la renegociación de Urbina y la conversión negociada por Antonio Flores Jijón son posiblemente los cuatro hitos más representativos de las tensiones políticas internas y externas ocasionadas por esta herencia. Con el tiempo las cosas fueron acoplándose hasta llegar al gobierno de Rodríguez Lara en los años 70 del siglo XX, cuando finalmente se cancelaron los saldos de esta molestosa compañera.
Pero poco tiempo consintió el país en vivir acostumbrado a lo que tenía. El advenimiento del petróleo, la expansión del Estado, la multiplicación del gasto fiscal pronto rebasó los ingresos y regresó, ahora con un vigor que no termina, esa compañera atractiva cuando asoma, pero desalmada cuando quiere irse, que la creíamos muerta, pero estaba más viva que nunca, pues los petrodólares salían hasta por las orejas del mundo financiero que no encontraba otra forma de usarlos que apoyar las políticas económicas, fiscalmente desequilibradas, de los países en desarrollo. Y obviamente, ante la tentación y la alternativa de no corregir y pagar sus despropósitos políticos, la gran mayoría de países, incluido el Ecuador, dieron rienda suelta a los anzuelos que ofrecía esta remozada compañera.
La vida cambió pues los caprichos de la compañera eran y son costosos y duele tener que pagarlos porque nos quita el dinero que necesitamos para tantas cosas, pero ni modo, las obligaciones cuando uno es honrado hay que cubrirlas, aunque sea con mala cara e incluso mediante arreglos que dejan heridas en la relación. Desde que regresamos a la democracia, no menos de seis o siete veces hemos tenido que buscar la reconciliación, obviamente pidiendo un tiempo para recuperarnos bajo la promesa de que esta será la última vez que caemos en la trampa. Pero, como latinos amnésicos, nos olvidamos de las promesas y reincidimos en estos amoríos que más temprano que tarde se convirtieron en dolorosos divorcios. Incluso perdimos la moneda y sabíamos que esta compañera o cambiaba de conducta o teníamos que olvidarla. Un tiempo nos recompusimos, pero la adición a esta droga fue más fuerte y ahora otra vez, luego de múltiples desencuentros, nos hemos vuelto a dar un tiempo de reconciliación. Son cuatro años que pasan rápido y, si no arreglamos las cuentas fiscales, volverán los temores y el desencuentro.
Ojalá, finalmente, aprendamos la lección. Estamos muy cerca de que esta inefable y destructiva compañera se ponga en un nivel de intolerancia y nos encuentre con poca caja y además sin la energía necesaria para atenderla, lo que nos conducirá a un final muy calamitoso para las dos partes. Nadie puede mantener un ritmo de desenfreno, tanto en la vida privada como en la pública, sin que llegue el momento en el cual esta relación se vuelva funesta, termine haciendo trizas la convivencia interna y, finalmente triture —que a lo mejor es bueno— la relación con la concubina. La experiencia nos dice que si lo que aumenta con esta compañera —la deuda pública— tiene un ritmo superior al de lo que ingresa —al presupuesto— y, además, crece más rápido que la economía, no hay muro que impida la caída del Estado, quebrante el bienestar colectivo, y deje desamparadas a las generaciones que nos sucedan, cuya herencia será abominable.
Colaboración
Revista Forbes
02 de febrero de 2026
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