El pasillo estrecho

Tomo el título de esta columna del interesante libro de Daron Acemoglu (Economista del MIT) y James Robinson (Politólogo y economista de la Universidad de Chicago), para traer algunas reflexiones al debate que corre por todas partes del planeta sobre la organización de las sociedades, el cumplimiento de sus objetivos, los sinsabores, las amenazas, en fin, todo ese inmenso campo que cubre las relaciones humanas.

En el intenso análisis histórico de la evolución del mundo, este libro nos lleva por el camino de la búsqueda de la libertad, que a veces, y no pocas, ha sido maltratada, desconocida, sometida a la voluntad de alguien que logró acumular poder y avasalló a la sociedad. Largos períodos de oscurantismo político, de vibrantes caudillos, de feroces líderes, fueron necesarios para llegar a un mundo que si bien defiende los derechos individuales, todavía ve con indignación brotes de Estados abusivos.

Pero, no hay duda que la libertad es, no sólo un derecho humano sino un bien público (aunque por ahí no falta quien lo califica de una convención creada por el hombre) que permite extraer toda la riqueza intrínseca que posee el ser humano. Su capacidad de originar cosas, de imaginar mundos, de marcar metas, de ser el instrumento valioso que justifica su creación. Sin embargo, en su afán protagónico no es capaz de vivir en asociación sin la ayuda de algo que le limite sus actos a un marco en el cual sus decisiones no vulneren los derechos de los demás. Ahí nace el Estado y con él un encargo que puede también desbordar sus responsabilidades y convertirse en una amenaza de la convivencia, que a la postre deteriora las perspectivas de conseguir nuevos estadios de desarrollo.

Es por ello que la tesis de estos académicos es “que para que la libertad surja y florezca, tanto el Estado como la sociedad deben ser fuertes. Un Estado fuerte es necesario para controlar la violencia, hacer cumplir las leyes y proporcionar servicios públicos que son cruciales para una vida……….en que las personas tienen poder para hacer elecciones y luchar por ellas. Una sociedad fuerte y movilizada es necesaria para controlar y encadenar al Estado fuerte.”

Y conseguir este equilibrio entre fuertes es la tarea que requiere de procesos largos, perseverantes, de convencimiento de que “este estrecho pasillo” entre lo despótico y la anarquía, sólo se los conquista cuando el Estado y las élites aprenden a vivir con las cadenas que se auto imponen las partes. La ley existe y se aplica. La violencia se la controla. El abuso no tiene cabida. Y, así por el estilo.

Pues bien, a ¿qué viene todo esto?, a que en el mundo que conocemos los Estados que han logrado, con mucho esfuerzo por supuesto, salir de las condiciones tan primitivas o básicas que describen los libros de historia, como aquellas de tener una gran mayoría de iletrados, con baja esperanza de vida, ingresos producto de su escasa capacitación, con enorme propensión a la violencia, hacia otra de esperanza que lo saca de ese marasmo y ofrece resultados tangibles con posibilidad de mejorarlos aún mas, son sólo aquellos que llegaron a tener un Estado fuerte, pero encadenado.

No existe ejemplo en el mundo de un Estado despótico que lleve a ese puerto de bienestar, peor aún de aquel anárquico, que bajo un disfraz de defensor de una libertad absoluta, desconoce la necesidad de contar con un Estado. Precisamente esa lucha por el poder sólo llega a tener una sociedad con properidad económica, en la cual sus miembros disfrutan de las oportunidades que se crean con insistencia, cuando se convierte en una democracia que respeta sus límites y lo hace no sólo por su propia reflexión sino porque al frente tiene a ciudadanos que le cohiben de ser abusiva.

De ahí que la libertad, más allá de su naturaleza sea el instrumento producto de la defensa diaria por la vigencia de ese Estado encadenado y no por ser un don natural del ser humano. Aún más, este estrecho pasillo, duro de conseguirlo, no es otra cosa que la convivencia de esa libertad con un mundo de economía en el cual el afán creativo del ser humano sea el corazón de su funcionamento. Y, eso no viene gratis. Nadie lo regala. Se lo gana con esfuerzo.

ARTICULO 6

REVISTA FORBES

QUITO, 27 DE SEPTIEMBRE DE 2021