Con los pies en la tierra

A las propuestas políticas es indispensable acompañarlas de sustancia. Sin ella carecen de sentido. Son puro blof. No pasan de ser idílicas pues no le acompañan decisiones prácticas, viables para ejecutarlas, pero generan espectativas que nunca serán atendidas con los consecuentes reclamos justos por el engaño inflingido.

El derecho al empleo adecuado, de remuneración justa es un vivo caso de su incumplimiento histórico. Apenas el 34% de la gente que trabaja está protegida por el sistema legal. Los demás, es decir la gran mayoría están fuera del sistema. Entonces, surge la pregunta obvia ¿Qué pasa, porqué no se cumple este derecho? simplemente porque el país no desenreda (no quiere, no puede, no entiende) todo ese complejo ovillo de disposiciones que han creado vallas para hacer de la normatividad el sistema preferido por todos. Si ella fuera atractiva, todos caerían en sus redes. No habría necesidad de volverla obligatoria, que lo es por su falta de sentido común.

La informalidad lleva consigo un claro mensaje sobre la incoherencia de la gestión política frente a la racionalidad (sentido común o visión) con la cual actúan los agentes económicos. Tan simple como eso. Pocos son los que entran al sistema y por lo tanto pocos los que lo sustentan. La mayoría, por marginalidad o conveniencia, prefieren mantenerse fuera.

Piensen en un empresario pequeñito, un tendero, a ver si el siente que debe afiliarse al IESS, tener contabilidad, pagar impuestos, pagar los décimos si tienen empleados, fondo de reserva, etc., o si se mantiene al margen. Es obvio, que la decisión será evitar por todos los medios recargarse de obligaciones.

La solidaridad del sistema de pensiones es otro ejemplo paradigmático. Es morrocotudo y hasta tonto desconocer su valía, pero de que sirve si no tiene una estructura financiera que lo sustente. Nada se saca pregonando la solidaridad si no se aborda seria y sustantivamente la evaluación del modelo en vigencia. Insistir en lo actual o pedir que el gobierno se haga cargo de todas las obligaciones, es otra forma embustera de querer salir del atolladero. Vean lo números.

El problema es demasiado complejo, sensible y trascendente para no atenderlo con responsabilidad. Sin exageración, como está la vida útil de este sistema es muy cortita. La historia se la conoce. Manejos depredadores, estructura ineficiente, tratos preferenciales, desconexión entre ingresos y obligaciones. En fin, hay muchas inconsistencias (sería largo enumerarlas) que configuran una organización insostenible y, lo peor que puede pasar es que colapse y lo haga por desatención o por una enfermiza politización. Solidaridad si, pero viable y adecuada con los pies en la tierra.

Colaboración

Diario El Comercio

14 de mayo del 2021