Entre la angustia y la esperanza

La cosecha de la intensa siembra realizada durante la casi interminable etapa de gestión del gobierno que utilizó todos los métodos e instrumentos para cercenar a la sociedad ecuatoriana, sigue ofreciendo olores de alcantarilla. No paran las noticias sobre hechos repudiables. Hay de todo y son de tal dimensión que ya nadie alcanza a ofrecer un valor referente.


Se acumulan y acumulan denuncias que ya no caben en la mente de ningún ciudadano; rebasan la capacidad de asimilación y superan de largo la posibilidad real de acciones judiciales que las sancionen, en un marco institucional deliberadamente destrozado. Aún más, son tantas que ya llegan a exasperar al más tranquilo y poco afecto a mirar los temas públicos. Y, es que es un cuento que no tiene noción de terminar.


Los resultados de la corrupción, la irresponsabilidad, el contubernio, la persecución y hasta el asesinato forman el cuadro básico de lo que se mira todos los días. No hay descanso y parece que falta todo un carrete por conocer.


La ética por los suelos; la moral destrozada; la organización política débil; la estructura económica desfigurada, son los campos donde se asientan las tareas de toda la sociedad para ir hacia la configuración de un país con valores y principios. Y, eso no se lo conseguirá con el apuro que todos queremos, sino con la perseverancia que buena falta nos ha hecho.


De aquí nace la necesidad de reconocer esta realidad; tomar conciencia plena que la conducta individual y social deben cambiar; estar dispuestos a ser ciudadanos responsables que cumplan sus obligaciones y respeten los derechos, pero no sólo en sus afirmaciones sino principalmente en sus actos, y esto no va a ser fácil conseguirlo, pues la cultura, si la hay, de la colectividad está afincada en su mayoría, con las excepciones que son la privilegiada ancla para escapar de esta trampa, en el oportunismo, las triquiñuelas, la amoralidad.


Por fortuna, el país logró escapar o por lo menos intenta, con enormes esfuerzos salir del tugurio político al que se llevó; pero, cuidado con bajar los brazos pues las tareas por enfrentarse siguen y son de enorme calado. Aquí sólo cabe una postura nacional: convenir en recuperar la democracia arrancando todas las malas hierbas que abundan y cooperar para que la organización económica se rencuentre con los principios de una gobernabilidad ordenada, austera, responsable y con prioridades sociales perfectamente definidas, en la cual se consiga tener un Estado fuerte pero eficiente y concentrado en tareas precisas. En ese plano, la racionalización en las ambiciones políticas y las postergaciones de legitimas aspiraciones económicas, es un deber ser. Hay que recordar que el interés colectivo está por encima del personal o de grupo.




Colaboración

GRUPO EL COMERCIO

16 – 11- 2018