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Escuela de la ambivalencia

Qué fácil es diagnosticar los hechos. Qué difícil encontrar las soluciones. Qué simple es construir hipótesis de lo ocurrido. Que complejo es edificar principios para su aplicación futura. Qué liviano es criticar todo. Qué duro es ser coherente.


Recogiendo una frase de la última columna de Carlos Vera y generalizándola: en el país las opiniones son abundantes en el reclamo y escasas en las soluciones. Es una sociedad que sólo mira la malo, oculta los progresos y mide con distinta vara, según el interés y la ocasión, un mismo hecho. Se apilan declaraciones deprimentes como si se tratara de matar sicológicamente a un enemigo al que no se lo encuentra. Proliferan las generalizaciones llenas de argumentos vacíos de contenido, pero plenas de emoción populista. Parecería que el “nada está bien” es el lema de batalla.


¿Qué ganamos con esta forma de ser?, contra quién peleamos, porque a ratos parece que el adversario está afuera. La globalización para algunos es un monstruo que nos devora y hay que darle guerra sin cuartel. Si esto es cierto, debemos preguntarnos ¿cuál es la alternativa?, y si la tenemos ¿qué beneficios nos ofrece? Sin embargo, hasta que la encontremos, quién nos podrá explicar porqué algunos países pequeños, incluso más chiquitos que nosotros, con menos recursos, sin petróleo, aprovechan la globalización y avanzan, aunque sea poco a poco en la búsqueda de mayor bienestar colectivo. Algunos ya nos han pasado en términos de equidad, empleo, educación, ingreso. A lo mejor debemos averiguar si tienen privilegios internaciones, y si esto es cierto indagar las razones por las cuales nosotros no las disponemos. ¿O, es que somos tan malos que nadie nos ayuda? No será que hay una disposición interna a no enfrentar los problemas con objetividad y valentía. Hablamos mucho, y aportamos poco.


A lo mejor el intruso que tanto daño nos hace está entre nosotros. Serán los políticos, a lo mejor los banqueros, tal vez los empresarios y por qué no los trabajadores. Me olvidaba, los periodistas y comentaristas tienen también parte en esta feria de responsabilidades. Nadie se queda afuera. Somos campeones de la generalización “hasta las últimas consecuencias”.


Muchos lectores de esta columna se preguntarán a donde voy con estos comentarios. Lo cierto es que las mañanas, se escuchan con cierta rutina mensajes suspicaces, contradictorios, pesimistas, acusatorios, obstruccionistas que ensombrecen el ambiente. Con excepciones, relatan la historia epidérmica y hasta ahí llegan. Los sofismas pululan en los comentarios. Falta consistencia con lo que hicieron cuando tuvieron responsabilidades y mas que nada coherencia en la sustentación de tesis.


Es hora de dejar de lado los diagnósticos y pasar a las proposiciones. Combatir esa escuela del pensamiento que es pródiga en metáforas y que algunos la llaman “La Escuela económica de la Ambivalencia” pues además es inconclusa ya que su razonamiento se queda en la descripción de los hechos y es incapaz de ofrecer soluciones. Así no se hace país ni se construye generaciones responsables. Así sólo se anarquiza y confunde a la sociedad abusando de su débil formación cultural. Un granito de optimismo, consistencia, creatividad y apertura a entender a los demás sería suficiente para cosechar abundancia para todos.



Colaboración Editorial

DIARIO EL COMERCIO

Marzo 13 del 2003

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