Tecnología: amiga o adversaria

Cuando se mira la evolución económica del mundo a lo largo de los siglos se ve con mucha claridad la lentitud con la cual mejoraban las condiciones de vida. Se necesitaron milenios para salir de la etapa de recolección y pasar a la de asentamientos y producción agrícola, cambio dramático para aquellos tiempos que hoy no lo apreciamos debidamente. Y, por ahí se quedaron las cosas durante siglos, hasta que empezaron a dar señales de vida los primeros resultados de la etapa de industrialización y desprendimiento de las colectividades rurales hacia conglomerados urbanos con todas sus virtualidades y deformaciones sociales.

De ahí en adelante las cosas se aceleraron y los cambios se volvieron el pan de cada día hasta llegar a un punto en el cual ya es imposible mantener una capacidad de asimilación de todo lo que ocurre por la vorágine con la cual se producen las novedades tecnológicas. El proceso deja perplejo por la capacidad de crear nuevos instrumentos, cada uno tan novedoso que en poco tiempo se vuelve indispensable en las relaciones planetarias. Pero, así mismo con una posibilidad de mantenerse vivo por escasos años pues la obsolescencia está directamente ligada con esa velocidad con la cual aparecen sustitutos mucho mas avezados y potentes.

Los clásicos factores de producción recursos naturales, capital y recursos humanos ahora son los súbditos del conocimiento, de esa inmensa acumulación de instrumentos creados por la tecnología, que en definitiva sin dejar de tener su relativa importancia han cedido el privilegio de la prioridad a este factor que descansa en la educación y la cultura, con lo cual el trabajo concebido en su visión física ha dado paso al de la especialidad que aporta valor y genera productos que desplaza al de carácter elemental.

Pues bien, una vez mas el planeta está entrampado en una etapa que rompe esquemas y produce desajustes con mucha carga en el bienestar de los estratos menos protegidos de las sociedades. Es un mundo de velocidad supersónica que no se le alcanza a ver pero que se sabe está nutrido por el desbordante afán competitivo de liderar la sociedad del futuro. Se disputa palmo a palmo el control de la sociedad global bajo una nueva nube de dependencia tecnológica que reemplaza a la histórica de los términos de intercambio. A una sociedad que desnuda la conducta humana mediante algoritmos que predicen la forma como la gente piensa y actúa.

Y mientras todo esto ocurre, pocos recuerdan la obligación que la Asamblea General de las NNUU aprobó el 10 de diciembre de 1948, cuando emitió la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en cuyo artículo 23, numeral uno estableció que toda persona tiene derecho al trabajo, a la libre elección de un trabajo, a condiciones equitativas y satisfactorias de trabajo y a la protección contra el desempleo, que es desde cuando se lo expidió una obligación incumplida o si se quiere expresar de manera más cáustica una deuda morosa, crónica que termina siendo una utopía.

Lo cierto es que las organizaciones políticas, llámense estados, repúblicas, reinos u otra forma, tienen enormes dificultades para romper los lazos que se crean alrededor de los grupos humanos que llegan a formalizarse, consiguen un trabajo digno y, las distorsiones que impiden que otros trabajadores marcados por el subempleo o la marginalidad puedan hacerlo. Cierto es también, que las sociedades configuradas dentro de un sistema de libertad y mercados regulados han logrado avances notables en términos de bienestar frente a las de corte socialista que por lo general -podría precisar diciendo que en su totalidad- multiplican la pobreza y destrozan el futuro.

Ante todo lo expresado, la transición hacia la configuración más refinada -si la expresión lo permite y es posible estabilizarla- de esta revolución del conocimiento vuelve a traer a la mesa del debate las implicaciones del potencial y hasta cierto punto previsible desplazamiento de cierta mano de obra por sistemas mecanizados que podría además profundizar las diferencias dentro del mercado laboral en cada país como entre ellos y regiones atrasadas en la formación integral de los miembros de sus sociedades y los activos en emprendimientos de uso intensivo de las nuevas formas de producir.

COLABORACION

REVISTA FORBES

30-06-2021