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Quito resiliente o frágil

Otra vez el volcán Cotopaxi advierte que está vivo. En sus tripas se oyen los retortijones. Su temperatura sube y los gases empiezan a perforar su estructura. Los vulcanólogos ya se pusieron los trajes adecuados para comprender lo que le ocurre al paciente; están en alerta temprana y, los vecinos empiezan a reconocer, una vez más aunque sea por poco tiempo, el peligro que tienen al frente.


A propósito, hace pocas semanas Hugo Yépez, especialista en los estudios sobre eventos extraordinarios de la naturaleza, organizó una reunión, con expertos internacionales, para mirar los impactos que tienen estos hechos en circunstancias históricas. Se trató del terremoto de Caracas de 1812 y el movimiento de independencia, cuyas tropas y toda su organización debieron posponer sus acciones, para recien a inicios de la siguiente década retomar sus valientes acciones libertarias.


¿A qué viene todo esto?, ya que sin duda los daños en aquella época fueron tan grandes que llevaron al Libertador a expresar que si debe luchar contra la naturaleza para conseguir sus propósitos, pues tendrá que hacerlo, señalando su fe inquebrantable en el proceso pero dejando ver el tamaño de los destrozos que traen consigo hechos previsibles pero incontrolables que son parte de los riesgos que enfrenta el ser humano.


Pues bien, Quito además de la cercanía de volcanes activos está asentada sobre una falla geológica, cuyos movimientos de ajuste continuos demuestran su vigencia y advierten que en algún momento, no se sabe cuando pero cada día es más cercano, deberá producirse un fenómeno telúrico cuyas repercusiones serán deplorables. Hace mas o menos ochocientos años esta falla hizo sentir su poder y se supone (con las debidas advertencias científicas de la relatividad sobre la capacidad de predecir con exactitud estos eventos) que cada mil años se “esperaría la repetición del evento”, aunque nadie puede descartar que su ocurrencia se anticipe.


¿Está Quito preparada para enfrentar estos eventos? La respuesta simple es no. No hay conciencia de las amenazas que enfrenta, a pesar de los numerosos hechos que ha sufrido. No tuvo y tampoco tiene en vigencia regulaciones públicas efectivas (aunque existen normas que no se cumplen ni supervisan) que mitiguen los daños, precautelen la vida y aseguren su resiliencia. Según el estudio del Municipio del 2017, la capital ha enfrentado 15 eventos sísmicos desde 1541; 11 aluviones (hoy serían 12 desde 1975); 16 eventos volcánicos cercanos desde 1534 y, algunos miles de incendios forestales.


A pesar de ello, la mayoría de la infraestructura construída no cumple las normas antisísmicas (se calcula que más del 60% de viviendas son informales), no tienen seguro y son una amenaza fatal para la supervivencia humana ante un evento de la naturaleza. En Quito y sus alrededores viven más de 2.8 millones de personas, en 66 parroquias y 1 270 barrios, con una densidad de 58 habitantes por km cuadrado. Se estima que la inversión bruta acumulada en el área metropolitana puede llegar a 150 000 millones de dólares (no hay un dato oficial. Este valor es referencial), lo que significa que un impacto del 10% significaría daños por 15 000 millones de dólares (12% del PIB nacional), o si quieren el 64% del Valor Agregado Bruto (VAB) de Quito que produce anualmente 24.500 millones de dólares.


Pocos datos para imaginar la terrible circunstancia que podría ocurrir y sobre la cual no hay sentido de prevención, de defensa de las vidas humanas y de disponibilidad de recursos para enfrentarla. No hay un fondo nacional creado y los establecidos en los organismos internacionales son limitados. Obviamente, en el corto plazo esta realidad no cambiará, pero es necesario despertar la conciencia ciudadana y sacudir la modorra pública para poner en vigencia mecanismos prácticos de control de los riesgos ya conocidos e incorporar medios de sensibilización de los ciudadanos para que en sus decisiones diarias no omitan valorar la dimensión de estas amenazas.


Colaboración

Revista Forbes


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