Ojalá no se repita

El desplazamiento de las áreas dedicadas a las labores de producción de alimentos básicos y su copamiento por procesos de urbanización intensos en todo el mundo es una realidad que mantiene su dinamismo y en algunos casos incluso desborda la capacidad de los estados de cubrir las necesidades fundamentales de esta nueva forma de organización económica.


Allá por los inicios del siglo XIX, alrededor de 1.800 apenas el 2% de la población mundial vivía en ciudades. Estaba en proceso de germinación la primera revolución industrial que se convirtió en el imán de una migración que dio paso a conglomerados carentes de los más elementales servicios básicos que incubaron pandemias catastróficas para la humanidad.


Pero es el siglo XX que, por muchas razones quedará en la historia como el siglo del gran cambio, todas vinculadas con la notable mejoría de los indicadores de bienestar social, humano y afincamiento de la democracia, cuando este proceso toma velocidad y lleva hacia su mitad de vida a tener el 30% de la población viviendo en ciudades, que ya para inicios del siglo en curso supera con holgura el 50% y sigue su marcha sin que nada lo detenga.


Hoy existen megaciudades como Tokio cuya población es superior al total de Canadá y su PIB es el 50% del de Alemania. Y, este fenómeno se repite por todas partes, llevando a los municipios a tener frente a si un desbordante proceso, muchas veces anárquico de crecimiento, que no repara en los daños que ocasiona, los riesgos que toma y crea, pero que a la final acarrea costos a toda la colectividad, muchos de ellos irreparables como la pérdida de vidas.


Lo vivido en Quito esta semana, además del dolor y la necesidad de apoyo que se requiere para subsanar daños materiales, arreglar la infraestructura, debería ser motivo para revisar toda la normativa de manejo de riesgos por parte del municipio a fin de mejorar su capacidad de monitoreo y tener capacidad de tomar acciones punitivas permanentes que impidan asentamientos o daños ambientales en áreas críticas.


Colaboración

Diario El Comercio

04 de febrero del 2022