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Sileciosos y abusados

La cooperación internacional es un poderoso instrumento del desarrollo que tiene poca cobertura de los medios, los gobiernos y la propia sociedad, pues atiende, con buenos y malos resultados, a los marginados de los países pobres y atrasados. Por donde ellos viven no pasan los equipos de la televisión, ni están organizados para conformar grupos de presión que les ponga en la mira de las cámaras, los micrófonos o de los políticos. Su angustia es tan dramática y su educación tan elemental, que ni siquiera tienen tiempo, peor el discernimiento para pensar en como reclamar. ¡Y eso que son una mayoría!


Hay que buscarlos, concientizarlos, apoyarlos para que puedan convertir sus problemas en opciones reales, con soluciones prácticas, a veces con resultados modestos, pero con proyecciones sólidas. El cuidado de su propia personalidad, el respeto de sus costumbres y hábitos deben ser parte íntima de la cooperación, porque de allí nacerá la posibilidad de continuidad en la mejora de estos grupos pobres de solemnidad.


Pues bien, en ese mundo escondido y silencioso ha trabajado el Fondo Ecuatoriano Canadiense para el Desarrollo (FECD) desde su formación en 1990, ahora transformado en Fideicomiso Ecuatoriano de Cooperación y Desarrollo. Ha invertido más de 49 millones de dólares en 155 proyectos repartidos en los cantones más pobres de las 22 provincias del país, atendiendo a 620 000 personas agrupadas en 135 000 familias indígenas, mestizas y negras.


Según el III Censo Agropecuario, en el agro hay nada menos y nada más que 3 600 000 pobres, número impresionante que debe dolernos, pero que sólo lo usamos para ilustrar campañas políticas populistas que se aprovechan y usufructúan de su dolor. Ahí, el FECD logró con su ahínco y dedicación atender o mitigar algo de la pobreza al 16% de estos pobres. Consiguió que el ingreso anual familiar aumente el 80% y pase de 267 dólares a 478 dólares.


Entre los beneficiarios hay 19 400 productores de café y cacao en la costa y el oriente, que ahora exportan con sello verde. En Chimborazo hay 4 000 productores de quinua que en dos años exportaron 540 000 dólares, lo que significa el 97% de su producción. Ahí también trabajan 5 500 productoras, léase bien productoras, de granos andinos orgánicos certificados, que es el proyecto femenino más grande de Latinoamérica. En las estribaciones de la cordillera occidental 5 700 productores de caña guadúa están asociándose para mejorar sus productividad e ingresos, a lo que se suman 22 300 hectáreas reforestadas en diversas regiones del país.


Estos son resultados tangibles realizados por apenas 12 ecuatorianos y canadienses que se dedicaron con fe y honestidad a cristalizar el anhelo de la cooperación, que se nutre de las importaciones de productos canadienses, cuyo pago lo recibe como donación el FECD.


Pocos son los que conocen la fertilidad de estos planes ejecutados para enfrentar la inequidad, pero muchos atentan día a día contra su viabilidad poniendo en riesgo la estabilidad nacional o con aventuras políticas que destrozan los lazos de la política económica internacional y cierran estos canales de contribución. Estos pobres son un ejemplo de los eternos perdedores, silenciosos y abusados.


DESTACADO


Aventuras políticas destrozan los lazos de la política internacional y cierran los canales de cooperación.


Colaboración Editorial

DIARIO EL COMERCIO

Mayo 17 del 2006

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