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La iniciativa agrícola

La propuesta de los EEUU sobre este tema demuestra una posición más abierta hacia la búsqueda de un acuerdo global del comercio agrícola. Crea ciertos espacios de negociación que pueden contribuir a desarmar el enorme y complejo castillo construido alrededor de los “subsidios” agrícolas.

Al revisar la estrategia queda la impresión de estar configurada con un sesgo de “protección” frente a las condiciones agropecuarias de la Comunidad Europea y Japón, antes de visualizada con la realidad latinoamericana. Se nota una preocupación central en las relaciones entre el primer mundo, con pocas referencias a “consideraciones especiales” o “tratos diferenciados” a favor de las agriculturas latinas.

En la visión de los EE UU, los acentos iniciales están en los rubros de menor incidencia económica. Se excluyen o dilatan para futuras etapas no precisadas, los compromisos sobre la “médula” de las distorsiones que son los subsidios a la producción derivados de la Ley Agrícola, en especial aquella de corto plazo que es la más relevante y la que recibe la mayor cantidad de recursos (160 billones de dólares anuales). En este campo es en donde se determinaría si hay intención de apertura y el deseo de promover competitividad dentro de la política económica.

Para los EEUU la eliminación de los subsidios a la exportación (20 milloens en cinco años), la limitación del apoyo doméstico al comercio alterado (19 billones también en cinco años), pesan poco. La reducción de los aranceles bajo la fórmula suiza reduce las dispersiones a favor de los que tienen bajos aranceles (EEUU frente al resto), con un tope del 25% frente al 62% actual. Se abren más rápido los más protegidos, pero no se eliminan los subsidios a la producción que constan en la Ley Agrícola, pues estos están excluidos de la etapa de desgravación. ¿Quién gana?. El que tiene más recursos, mejor tecnología.

La fórmula luce asimétrica. Se perciben desbalances que cuestionan el gran objetivo global de promover comercio “justo”, que beneficie a consumidores con productores eficientes. Precisamente esto ya perciben los contribuyentes no agrícolas de los países desarrollados que empiezan a reclamar por el mal uso de sus impuestos, pues se transfiere riqueza sin beneficio.

Igual puede ocurrir en las relaciones comerciales globales si el acuerdo es unidireccional. Los países emergentes, en especial los pequeños requieren de condiciones particulares de apertura que deben aplicarse en sus mercados sólo cuando los EEUU hayan desarmado todo el andamiaje de subsidios.

Actuar de forma distinta, simplemente crearía mayores inseguridades con secuelas políticas y económicas que no sólo anularían los objetivos buscados, sino que por sus características serían más onerosas para los propios EEUU y Europa.

¿Estará los EEUU dispuesto a desmantelar en la primera etapa de apertura comercial su política directa de subsidios a la producción y no sólo congelarla al nivel actual como ofrecen en la iniciativa bajo consideración en estos momentos?. ¿Querrán hacerlo antes de que lo hagan los países emergentes?. Sin esto las distorsiones colocarían a las negociaciones, especialmente con nuestros países en una situación difícil. Aquí vamos a ver si se rompen las inconsistencias entre la prédica y la práctica. Al gobierno nacional le toca asumir lo suyo.

Colaboración Editorial

DIARIO EL COMERCIO

Febrero 12 del 2003

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